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¿Quemar los libros?

Julio 19, 2022

Quienes tenemos tiempo en el mundo de la medicina podemos recordar perfectamente lo complicado que era el acceso a la información publicada en revistas médicas. La forma más práctica era estar inscrito a una revista y recibir periódicamente la publicación, la limitante principal era la imposibilidad de estar inscrito y pagar por todas las revistas que uno quisiera o, en su defecto, ciertos artículos se publicaban en revistas a las que uno no estaba inscrito y eran difíciles de conseguir. Otra posibilidad era tener en el centro de trabajo o estudio una excelente biblioteca con el mayor número de revistas posibles, la limitante era que esto solo podía ser factible en países o instituciones con grandes presupuestos y para aquellos que estaban en hospitales generales el acceso a las revistas más conocidas era factible, pero contar con revistas especializadas o de nicho era difícil (recuerdo claramente las risas de un trabajador de la biblioteca durante mis primeros años en la carrera de medicina cuando pregunté por una publicación de la revista Acta Psychiatrica Scandinavica).

En aquellos tiempos, cuando uno necesitaba hacer una búsqueda de la literatura acerca de un tema específico, “la mejor y más fácil” forma de encontrar artículos de interés consistía en asistir a la biblioteca de un hospital o universidad y utilizar el Indexa Medicus, una publicación regular de la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos que se editó entre 1879 y 2004. Similar en tamaño a los viejos directorios telefónicos, uno buscaba entre cientos o miles de páginas los reportes de los artículos más importantes, pero una vez que se tenían las citas consideradas de interés empezaba el verdadero viacrucis. Se debía revisar en las fichas bibliográficas que la revista, el año y número estuviera en la biblioteca, en esa operación se podían eliminar varias publicaciones; una vez que se depuraba la lista, se acudía con uno de los encargados, quien revisaba la lista mientras tachaba una cita tras otra mientras decía “esta revista se perdió, esta revista está prestada, estas páginas las arrancaron, esta revista se dejó de comprar, este número no llegó”, y así un sinfín de excusas. Una vez reducida la lista de forma sustancial empezaba el segundo viacrucis, se pagaba por las fotocopias y a uno le podían decir por igual que regresara en 3 horas o en 3 días, además siempre estaba la posibilidad de que la fotocopiadora no funcionara, se terminaran las hojas o la tinta. En medio de este modelo caótico pero funcional para aquellos tiempos, los libros mantenían un gran valor, los cambios eran más lentos, por lo que el desfase entre lo impreso en un libro y la realidad se solventaba con asistencia a congresos y, desde luego, la revisión de revistas médicas.

La irrupción del internet cambió todo de forma radical, aparecieron decenas de sitios con información de interés, ya fuera una biblioteca electrónica, revistas en línea o páginas de las principales sociedades médicas, entre otras. Este cambio volvió completamente obsoleto el modelo previo y obligó a la desaparición de las bibliotecas tradicionales en los hospitales y universidades.

Ahora bien, todo lo anterior lo asocio a una transformación que desde hace muchos años observo en los residentes del servicio de oncología médica (y probablemente en todos los centros de formación de residentes) y me llama la atención. La facilidad con la que se puede acceder a información actualizada en la red creó una especie de “desprecio” por los libros; todo trabajo, estudio o revisión solo pasa por incluir el mayor número de artículos publicados, como si la formación de un residente consistiera en ver quién puede leer y citar el mayor número de publicaciones (preferentemente en un lapso no mayor a unos meses). Cuando terminé mi formación como residente y pasé a formar parte del staff del servicio de oncología médica, un residente me preguntó en una ocasión si era cierto que yo había leído por completo tres veces el DeVita, desde la primera hasta la última página, una vez por cada año de residencia (cosa que obviamente no era cierta); eso sería casi una vergüenza y pecado para los tiempos actuales, donde solo importan los artículos.

No quisiera que se malinterpretaran mis palabras, es más que evidente que la información de un libro no está actualizada y los artículos son la fuente de toda información, sería un error pedir a un residente que preparara una clase de tratamiento de cáncer de pulmón basada en un libro (en el extremo opuesto puedo decir que presencié clases donde se expusieron 120 o más artículos, uno seguido de otro tratando de explicar el tratamiento de un tipo de cáncer). Sin embargo, algunos conceptos básicos de la oncología que van desde los principios hasta datos clínicos se mantienen sin grandes cambios, para un estudiante de primer año que se puede perder entre miles de artículos, un libro permite ordenar ideas y conceptos que evidentemente deberán ser complementados con la revisión de artículos. En lo personal, excluyendo el Chabner (libro de referencia para revisión de examen y en las clases de farmacología del servicio), es extraordinariamente raro que acuda a la consulta de un libro, siempre busco publicaciones de referencia o sitos especializados en la red, pero eso no excluye que considere que los libros pueden ser de utilidad en determinadas situaciones.

Si bien la formación de un residente va más allá de la lectura de un artículo, todo parece indicar que a más de uno le gustaría quemar los libros de oncología.

Dr. Fernando Aldaco Sarvide
Oncólogo Médico
Ciudad de México, México

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