La expansión del conocimiento oncológico en las últimas décadas es un asunto inconmensurable, los avances y cambios suceden más rápidamente de lo que la mayoría de los clínicos, guías nacionales o internacionales y unidades regulatorias pueden adaptarse.
Paradójicamente, con estos avances, en medio de un mar de conocimientos, justo en los primeros albores de una aparente revolución del conocimiento, el modelo educativo para formar a los futuros médicos especialistas solo puede mirar al pasado, lucha por mantenerse como un sistema obsoleto e impráctico y en muchas ocasiones solo podría ser definido como un sistema arbitrario, por decirlo de la forma más amablemente posible.
La pandemia puso a prueba la capacidad de adaptación de las diversas instituciones para formar a los médicos residentes, el saldo final no es positivo, no estábamos preparados y eso será visible en todos los niveles educativos durante los próximos años. Esta crisis debería servirnos para poder hacer “un alto en el camino” y reflexionar acerca del modelo que hemos aplicado durante las últimas décadas para poder reconocer la necesidad de un cambio. El sistema funciona como una burbuja aislada del mundo exterior, cualquier persona fuera de este medio se escandalizaría si conociera la forma en que se trabaja en muchos centros hospitalarios. La responsabilidad no se limita al personal de los hospitales, las universidades que avalan cada uno de los cursos son igualmente responsables de perpetuar el modelo.
Formar un médico desde que ingresa a la universidad hasta que se titula como oncólogo es un proceso largo, de 12 a 13 años, idealmente deberíamos poder influir a lo largo de todo ese tiempo (eso sin contar los primeros años de educación básica), lamentablemente no es posible y por lo tanto nuestra ventana de oportunidad está en los últimos años. La educación no es estática, es un procesos dinámico en constante mejoría, lo que ayer fue la norma hoy puede no serlo, oponerse a un cambio porque “las cosas siempre se han hecho así” es absurdo; las personas que participamos somos irrelevantes, lo importante es garantizar el mejor proceso posible. Bajo condiciones ideales deberíamos borrar el sistema actual y rehacerlo desde las bases, como eso no es posible, administrarlo de la mejor manera, con los cambios y sacrificios que sean necesarios, debería ser nuestro objetivo.
Es imposible enunciar todo lo que debe cambiar, solo podemos enumerar algunos aspectos generales como motivo de reflexión.
Los cambios, por difíciles que parezcan, son posibles. En el centro médico donde laboro desde hace poco más de 15 años se trabaja en un modelo de enseñanza y formación de residentes que se ha modificado de forma sustancial a lo largo de los años, es un sistema imperfecto en constante evolución que forma oncólogos médicos de alta calidad (modelo que alguna vez un residente definió como “un hospital Montessori”). En estas fechas ingresarán los médicos residentes que fueron aceptados para realizar una especialidad en oncología, eso representa un reto para un sistema desgastado aún bajo los efectos de la pandemia. Quizá sea buen momento para analizar qué estábamos haciendo bien en el pasado, qué hicimos bien durante la pandemia y, con base en esto, planear cómo y bajo qué sistema queremos regresar a trabajar en la “pospandemia”.
En el siglo pasado, durante la posguerra, Alexander Sutherland Neill, uno de los educadores más innovadores y polémicos de la historia, objeto de críticas y culto por muchas personas, creó en Inglaterra una de las escuelas progresistas más controversiales del mundo basada en el desarrollo de las personas más que en la adquisición de conocimientos. Cuando fue cuestionado acerca de la solidez de la formación académica de sus alumnos contestó una de las frases más famosas de la educación contemporánea que (palabras más/palabras menos) dice:
“Preferiría ver que una escuela produce un barrendero feliz, antes que un científico neurótico”
Dr. Ferndando Aldaco Sarvide
Oncólogo Médico
Ciudad de México, México
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