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El cáncer en los tiempos del SARS-CoV2: Parte III

Junio 5, 2020

Con este escrito finalizo la serie intitulada “El cáncer en los tiempos del SARS-CoV2”. En esta ocasión no escribo acerca de asuntos oncológicos, solo deseo solidarizarme y difundir entre todos los oncólogos las limitaciones y denuncias que decenas de miles de profesionales de la salud enfrentaron o enfrentan en el día a día durante estos tiempos de pandemia. Como suele pasar a lo largo de la historia, los menos tuvieron la suerte de tenerlo todo; los más, tuvieron poco o nada. Este escrito no tiene destinatario especifico y podría describir la situación de cualquier profesional de la salud del mundo desarrollado o en vías de desarrollo.

La mañana del domingo 27 de abril de 1986 sonaron las alarmas de la central nuclear sueca de Forsmark, los sistemas de vigilancia detectaron niveles anormales de partículas radioactivas en uno de sus trabajadores. Después de una minuciosa revisión, descubrieron que la contaminación no tenía origen en sus reactores. Un complejo análisis del material radioactivo, su degradación y los vientos predominantes de esos días, entre otras variables, les permitió determinar que la radiación provenía de algún lugar cercano a la frontera entre Ucrania y Bielorrusia, muy probablemente de una conocida central nuclear soviética localizada a orillas del río Prípiat.

Los científicos suecos no podían ver los acontecimientos directamente, la secrecía informativa de los regímenes del Este gozaba de cabal salud; sin embargo, imaginaron que algo extremadamente grave debía estar sucediendo. Después de que el gobierno sueco hiciera pública la información y exigiera respuestas, Mijaíl Gorbachov, secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la extinta Unión Soviética, debió reconocer públicamente la explosión del cuarto reactor nuclear RBMK-1000 de Chernóbil. En medio de la emergencia e improvisación, miles de soviéticos fueron envidos con la mínima protección (si es que existía) a contener el desastre y limpiar la zona, fueron los protagonistas que evitaron un pandemónium mayor, aun a costa de poner en riesgo su vida.

La cuestión que nos llama en esta ocasión no es discutir acerca de los asuntos técnicos de la planta nuclear o comparar la radiación con un virus, se trata de un asunto más apremiante en estos momentos, algo que relaciona en mi imaginario a los trabajadores soviéticos responsables de contener el desastre usando la mínima protección necesaria con los profesionales de la salud frente al SARS-CoV2 (para fines de este escrito, me tomé la libertad de ampliar la definición de profesionales de la salud para incluir a los médicos, personal de ambulancias, enfermeras, camilleros, administrativos, técnicos, cocineros, nutriólogos, personal de vigilancia o cualquier trabajador de un hospital o equivalente). Los profesionales de la salud constituyen uno de los grupos más golpeados por esta pandemia, entre los infectados y las defunciones, los números son alarmantes e inaceptables. Podría entenderse que constituimos un grupo de riesgo por razones más que evidentes, sin embargo, en muchos de los casos el riesgo está asociado a la falta de equipo de protección personal adecuado. Las quejas y denuncias por la falta de equipo de protección no son exclusivas de algún centro de trabajo o país, son globales y a todos los niveles. Una emergencia no es una excusa para violentar los derechos y la seguridad de los trabajadores de la salud.

Información de la asociación ICN (International Council of Nurses, por sus siglas en inglés) calcula que, en el primer trimestre de este año, entre 90 mil y 200 mil trabajadores de la salud en el mundo se infectaron de SARS-CoV2, se estima que cientos o miles fallecieron por la enfermedad. De acuerdo con el CDC (Center for Disease Control and Prevention, por sus siglas en inglés) poco más de la mitad de las infecciones se dio en los centros de trabajo. No pretendo generalizar acerca de las deficiencias durante la contención de la pandemia, más de un centro estuvo en condiciones de aportar todo lo necesario para disminuir el riesgo de infecciones; una cantidad incalculable de personas y empresas apoyaron aportando a los profesionales de la salud material médico, alimentos o insumos, solo por dar unos ejemplos. En la otra cara de la moneda, muchos centros de cualquier región del mundo fueron incapaces de ofrecer las medidas de seguridad necesarias.

A continuación trataré de enunciar, sin un orden especifico, las principales limitantes, problemas o quejas, obtenidas de diversas fuentes, a las que se enfrentaron o enfrentan los profesionales de la salud en diversos países: desabasto de cubrebocas (o mascarillas) con las especificaciones técnicas adecuadas para poder atender a pacientes o trabajar en áreas COVID; acusar a los médicos de solo buscar su beneficio personal y no el de los pacientes; entrega de cubrebocas que no protegen adecuadamente al personal; se negaron pruebas diagnóstico para los profesionales de la salud con cuadro clínico sospechoso de COVID; escasa o nula planeación por parte de las autoridades; entrega de cubrebocas falsificados o que no cumplen con las especificaciones descritas por el distribuidor; falta de oxímetros de pulso; presiones y amenazas para trabajar en áreas COVID sin equipo de protección adecuado; entrega de botas que no cumplen con las especificaciones necesarias, son de mala calidad, inservibles o recicladas; desabasto de gel desinfectante o alcohol en los sitios de trabajo; entrega de caretas que no cumplen con las especificaciones necesarias, son de mala calidad, inservibles o recicladas; horarios o turnos de trabajo extenuantes; contratos de trabajo temporales con sueldos miserables; trabajar con equipo biomédico inservible u obsoleto; se negaron pruebas de diagnóstico para los profesionales de la salud que trabajan con pacientes o área COVID; presiones y amenazas para trabajar en áreas COVID aun en contra de la voluntad de los profesionales de la salud; falta de apoyo psicológico; reciclado de cubrebocas de un solo uso que en algunos casos fueron utilizados hasta por 5 a 7 días; amenazas y/o agresiones en la vía pública o el hogar; entrega de guantes que no cumplen con las especificaciones necesarias, son de mala calidad, inservibles o reciclados; presión y/o obligación de regresar al trabajo a profesionales de la salud infectados con supuestas “mejorías clínicas”, negando una prueba COVID; escasa o nula capacitación a los profesionales de la salud en todo lo relacionado al COVID por parte de las autoridades; falta de equipo de protección para el personal de las ambulancias; ausencia de un servicio de alimentos o equivalente para los profesionales de la salud en los hospitales; orillar a los profesionales de la salud a comprar el equipo de protección adecuado con sus propios recursos; presión y/o obligación de regresar al trabajo a profesionales de la salud infectados sin remisión clínica completa del cuadro clínico infeccioso por COVID; negar públicamente por parte de las autoridades el desabasto de medicamentos; presión a los profesionales de la salud con sospecha de infección para continuar trabajando mientras no se obtuviera una prueba positiva (si es que esta se realizaba); escaso equipo de protección para el personal de seguridad y limpieza, administrativo o similar;  entrega de gorros que no cumplen con las especificaciones necesarias, son de mala calidad, inservibles o reciclados; amenazas e insultos en los hospitales a los profesionales de la salud; no contar con áreas de descanso adecuadas; profesionales de la salud infectados que no recibieron apoyo para evitar regresar a su hogar (donde viven con su familia)  o se les ofrecieron como sitios alternativos espacios inadecuados y poco dignos; entrega de lentes o goggles que no cumplen con las especificaciones necesarias, son de mala calidad, inservibles o reciclados; negar públicamente por parte de las autoridades la saturación de los hospitales; profesionales de la salud foráneos que deben trasladarse grandes distancias sin apoyo para el transporte o áreas donde pernoctar; no se entregaron uniformes quirúrgicos en las áreas de trabajo; entrega de batas protectoras que no cumplen con las especificaciones necesarias, son de mala calidad, inservibles o recicladas; orillar a los profesionales de la salud a crear su propio equipo de protección con bolsas de plástico o equivalentes; trabajar con recursos humanos y materiales insuficientes; negar públicamente que los profesionales de la salud trabajan sin el equipo de protección adecuado por parte de las autoridades; alimentos de mala calidad en los hospitales, sueldos que no justifican o compensan el riesgo;  imposibilidad de convivir con la familia ante el riesgo de estar infectados; ausencia de protocolos de seguridad y/o trabajo en el hospital; entrega de un overol que no cumple con las especificaciones necesarias, es de mala calidad, inservible o reciclado; poco personal disponible; acusaciones de las autoridades de que los profesionales de la salud se infectan por desconocimiento de protocolos de seguridad; ausencia y desconocimiento de las autoridades de la realidad en las áreas COVID; negar públicamente por las autoridades que los profesionales de la salud trabajan con escaso personal en los hospitales; síndrome de Burnout.

Los profesionales de la salud demostraron su vocación por la atención de pacientes al arriesgar la salud personal y poner en riesgo su vida trabajando sin el equipo de protección adecuado (de hecho, aún con el equipo adecuado están en una situación de riesgo). Existe una imperiosa necesidad, que no acepta gradualismo, de que todos los profesionales de la salud puedan contar con toda la protección y material necesario en estos días de COVID-19. Los profesionales de la salud no somos héroes, suicidas o mártires.

Estoy consciente de mi incapacidad para enumerar todas las carencias presentadas o describir los momentos de enojo, cansancio, miedo, decepción, dolor, incertidumbre o desesperación entre los profesionales de la salud. Lo mejor que puedo hacer es tomar prestadas algunas de las palabras plasmadas en el escrito histórico Archipiélago Gulag, obra fundamental de Aleksandr Isáyevich Solzhenitsyn:

“A todos los que no vivieron lo bastante… para contar estas cosas. Y que me perdonen si no supe verlo todo, ni recordarlo todo, ni fui capaz de intuirlo todo”.

Dr. Fernando Aldaco Sarvide

Oncólogo Médico

Fernando AldacoOncologíaSARS-CoV 2

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